Adios a Don Alfredo Avelín
La espada de fuego
Por Alejandro Chighizola (periodista)
Al principio fue una mezcla de dolor y desesperanza, un sentimiento que sintetiza lo humano y lo político, la sorpresa y la inmediata remembranza de no volver a ver a ese hombre luchador en el lugar que más le gustaba: La batalla.
Fue un fiel representante de aquellos que sienten que los valores no tienen moneda de cambio. Ni en la política ni en la vida.
Pero ello no ocurrirá, Don Alfredo Avelín ha muerto.
En lo humano me duele la pérdida del hombre multifacético, digno, férreo, dogmático de sus propios dogmas e ideales siempre abrevados en la sintonía del bien común. De lo nacional.
Fue como médico, donde estalló sobre su pecho la causa popular, deambulando sus horas en los umbrales universitarios del Barrio Alberdi y que se habían comenzado a forjar en las polvorientas calles de Carpintería donde se calzó por primera vez su guardapolvo blanco que nunca más se despegó de su alma.
Fue precisamente allí, donde nació la rebeldía y conoció la pobreza impregnada en los viejos azulejos de los hospitales. Cuando comenzó a indignarse y a rebelarse contra una sociedad que sacralizaba lo material por sobre lo humano. Justo a él que convivía con el dolor de los desposeídos.
La austeridad como forma de vida, la imagen de los doctores Houssey o Leloir como paradigmas de la lucha sin recompensas materiales.
Y se conjuga con su faceta como escritor, como hombre que transitaba el dificultoso camino de las letras con la sensibilidad a flor de piel para recordar su niñez e incluso a aquellos hombres y mujeres a quienes admiraba o con la misma hidalguía con que escribía su con pluma flamígera, denunciando los enjuagues del Poder para luchar por sus convicciones. El hombre sensible, desvelado por sus amores, por su familia, por su pueblo y por su Patria a quien se sentía unido firmemente.
Desde lo político, desde lo periodístico es inevitable admirar la coherencia que su vida representó, por encima de coincidencias o disidencias. Con la fuerte convicción que este hombre no traicionó sus ideales aún cuando la enjundia de su propio fuego interior superaba el pensamiento y más de una vez, esa vehemencia política le jugara alguna una mala pasada.
En los peores momentos de la Patria cuando los cipayos armaban leyes oscuras para entregar a la Nación, cuando no dudó en tratar de “cachafaz” al hombre que produjo la peor catástrofe económica de la Argentina, no le importó ser políticamente incorrecto y siguió cantando sus verdades. Ni los costos políticos eran superiores a sus ideas.
Seguramente le dolieron la traición y los amigos perdidos por sus luchas.
Durante esa época aciaga que le tocó para conducir la provincia, que le entregaron con las arcas vacías, sin un peso y olvidado por sus socios de entonces, nunca dejó de dar la cara.
Se vivió durante su mandato un esplendor de libertad de prensa que jamás volvió a existir en San Juan y un sentido de República y Democracia que lo hizo acatar un fallo político escrito de puño y letra por los mercaderes de los despojos del país.
A partir de hoy comienza a nacer la historia y desde lo intelectual será admirable contemplar que los caminos de los hechos relatados nos llevarán a la coincidencia de haber encontrado en nuestra vida un hombre que no traicionó sus ideales democráticos, en épocas en que otros partidos no dudaban en ceder sus hombres a los enemigos de la democracia.
Su amor por la Patria lo vio luchar por la soberanía nacional y aún lo veo debatiendo como legislador los hielos continentales defendiendo cada centímetro cúbico de su Soberanía como si fuera una gota de su propia sangre.
En su lucha contra los entreguistas y los vende patria, estuvo más cerca de Scalabrini Ortiz y de Jauretche que algunos peronistas.
Era enemigo de los caminos fáciles en la inteligencia de comprender que sean quizás los caminos pedregosos, aquellos que presentan dificultades los que nos conduzcan a un camino de grandeza.
Es imposible tratar de despedir en pocas palabras a quien transitó décadas de historia política sanjuanina.
Y será la eterna llama votiva, hoy apagada por quienes lo despojaron de su sillón, que será llevado en el corazón de cada uno de los habitantes de nuestra provincia que
lo conocimos en su magnitud.
Quiero recordar su figura sonriente al abrir la puerta cancel para despedirnos después de algunas entrevistas y decirle como siempre: gracias Don Alfredo y hasta siempre querido doctor.









